Imagina por un momento que estás viendo una fotografía que parece no dejar lugar a dudas pero en realidad estás siendo objetivo del concepto de encuadre mediático (media framing) y manipulación.
Veámoslo con la siguiente fotografía real tomada por el fotógrafo Ituassu para la agencia de noticias Associated Press (AP) durante la guerra de Irak en 2003.
La imagen original (el centro) muestra a un soldado estadounidense apuntando a un prisionero iraquí mientras otro soldado le da agua. Los laterales muestran cómo, al recortar la foto, se puede proyectar una imagen de pura crueldad (izquierda) o de pura benevolencia (derecha).
Associated Press (AP)
Ahora, observa la siguiente ilustración de Anthony Garner que fue creada originalmente para comentar sobre la subjetividad de las noticias y se ha convertido en un ícono de la alfabetización mediática.
Obra del artista británico Anthony Garner
Este sencillo ejercicio, con una foto que probablemente todos hemos visto en alguna variante, es la metáfora perfecta de nuestro día a día informativo.
Vivimos en la era de la posverdad, donde, como bien define el diccionario:
“los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y a las creencias personales”.
Y esto no es un accidente. Es el resultado de una maquinaria de manipulación mediática que ha perfeccionado sus tácticas, pasando de los panfletos de guerra a la contaminación de la inteligencia artificial.
Siempre me ha fascinado (y preocupado) cómo una misma acción puede contarse de mil maneras. Tomemos una última imagen que ilustra cómo la perspectiva y el recorte pueden alterar drásticamente la percepción de una misma situación.
Fotografía de Andreas Hemb / Moments of Magic
Descripción de las imágenes:
- La primera imagen (Primer plano): Muestra de forma muy cerrada la cabeza de una leona con un cachorro entre sus mandíbulas. Debido a que no se ve el rostro completo de la leona ni la expresión del cachorro, esta toma puede interpretarse erróneamente como un acto de agresión o depredación si no se tiene contexto.
- La segunda imagen (Plano general): Revela la escena completa. Se observa a la leona caminando con calma, transportando a su cría con cuidado por el cuello, un comportamiento natural de protección y traslado de la camada. Al ver el cuerpo completo y la mirada de la madre, la narrativa cambia de “peligro” a “maternidad y cuidado”.
En realidad, esta última imagen también podría demostrar que la manipulación no siempre es intencionada (puede ser solo un mal encuadre), y que tener una visión completa del contexto (ver la imagen completa) es vital para entender la verdad.
El contexto lo es todo. Y hoy, ese contexto no se manipula solo con pies de foto, sino con algoritmos, granjas de bots y estrategias geopolíticas diseñadas para que ni siquiera nos planteemos preguntar.
Antes de pensar en conspiraciones globales, empecemos por lo básico: el kit de herramientas que usan desde un político local hasta una potencia extranjera.
No son magia negra; son psicología aplicada y mucho conocimiento de los algoritmos de las redes sociales.
La táctica más antigua y efectiva es jugar con las emociones. Contenido que provoca miedo, indignación o un fervor nacionalista desconecta nuestra capacidad crítica y nos impulsa a compartir sin pensar. Es el combustible que hace viral una noticia falsa.
Junto a esto, está la polarización: amplificar solo las voces más extremas para que el debate parezca una batalla entre dos bandos irreconciliables, eliminando los matices y el terreno común.
¿Te suena el tono de algunas tertulias de televisión o hilos de X?
La manipulación ya no depende tanto de convencerte con argumentos. Depende de vestir una historia con señales de credibilidad. Una estética, un tono, un “esto lo diría un experto”, un “esto lo ha publicado alguien serio”. A veces, ni siquiera hace falta mentir. Basta con empujar.
Otra favorita es la saturación. Se trata de bombardear el ecosistema informativo con tantas versiones contradictorias de un hecho que la gente, abrumada, tira la toalla y piensa “aquí nadie dice la verdad”.
El objetivo no es que creas una mentira, sino que desconfíes de toda verdad posible, debilitando la confianza en las instituciones democráticas.
Es lo que desemboca en el cinismo informativo: un estado donde el ciudadano ya no busca la verdad porque asume que no existe, convirtiéndose así en el súbdito ideal que se rinde ante el manipulador. Es la técnica del diluvio de fuego aplicada a la información.
Pero quizás la más poderosa, y en la que todos caemos, es el sesgo de confirmación.
Tendemos a creer y a dar credibilidad a la información que confirma lo que ya pensamos. Los manipuladores lo saben y crean burbujas informativas a medida. Tu fuente de noticias preferida, los grupos de WhatsApp de la familia, los influencers que sigues… todo está diseñado (por algoritmos y por humanos) para que rara vez te encuentres con un argumento sólido que desafíe tu visión del mundo.
Te están dando constantemente la razón, y eso es peligrosamente cómodo.
¿Quién está detrás de estas campañas?
El espectro es amplio, pero voy a centrarme en actores que demuestran lo sofisticado que se ha vuelto el juego.
En el ámbito político doméstico, el caso es claro. Las figuras públicas utilizan afirmaciones repetidas y sin pruebas para justificar cambios de política. Por ejemplo, empiezo por uno que parece sacado de una novela enrevesada, pero es precisamente por eso por lo que funciona.
En plena guerra en 2025, el ejército israelí publicó un vídeo en 3D para explicar que bajo el hospital Al-Shifa había una infraestructura militar. El vídeo era pulcro, casi “de videojuego”. Eso, para mucha gente, ya es sinónimo de “prueba”: si está modelado en 3D, tendrá detrás inteligencia, datos, planos, satélites… ¿no?
Lo interesante no es discutir aquí el conflicto ni quién tiene razón.
Lo interesante es cómo se construye una pieza así y qué señales deja.
Una investigación de +972 Magazine describía algo llamativo: el vídeo no era un “render” desde cero basado en planos secretos. Parte de lo que aparecía se había obtenido de recursos comerciales, los típicos “assets” 3D que cualquiera puede comprar para diseñar un juego o una animación.
En el montaje aparecían incluso fachadas con nombres de tiendas como “Andre’s Bakery”, “Fabio’s Pizzeria” o “Revolution Bike Shop”, elementos que, según la pieza, no eran más que decorado reutilizado.
Y aquí viene el detalle que parece pequeño, pero te cambia la lectura: entre esos recursos estaban modelos creados por el Scottish Maritime Museum (un museo marítimo escocés).
El museo había digitalizado piezas y herramientas de su colección (tornos, maquinaria, objetos de astillero) y esos modelos acabaron, por el camino habitual del mercado de contenidos 3D, en una producción con finalidad propagandística.
Si ese vídeo de apariencia técnica te parece audaz, según Telegraph.co.uk, lo ocurrido a principios de 2026 con la supuesta muerte de un comandante anti-Putin eleva el juego a otro nivel.
La inteligencia ucraniana no solo diseñó una narrativa; produjo una película.
Fabricaron un vídeo detallado de un ataque con drones contra el vehículo de Denis Kapustin, logrando que el Kremlin diera por buena la baja y llegara a pagar medio millón de dólares de recompensa a supuestos sicarios que no eran más que agentes encubiertos.
Aquí la manipulación no buscaba solo ganar la guerra del relato, sino financiar la propia inteligencia con el dinero del enemigo, demostrando que en el campo de batalla informativo, una “prueba” bien editada es más valiosa que un batallón.
Esto rompe una preconcepción muy extendida: la idea de que la propaganda siempre es burda. La propaganda buena es pura ingeniería de diseño de producto.
Se parece más a una campaña publicitaria que a un panfleto. Por eso engancha.
Piensa en tu vida diaria: ¿cuántas veces has confundido “bien producido” con “bien fundamentado”? aunque no te culpes. Nuestro cerebro lleva décadas entrenándose con televisión: lo que suena a telediario “entra” más fácil.
¿Otro ejemplo típico? El informativo local abre con sucesos, sucesos, sucesos… y tu sensación de inseguridad sube, aunque los datos no hayan cambiado de forma dramática: ni de asesinatos, ni de violencia de género, ni de catástrofes naturales, etc. Y encima, muchas de esas piezas parten de una fuente única, en el caso de los sucesos: del comunicado policial.
Ahora subimos un nivel: cuando el Estado no solo encuadra, sino que siembra mitos para tapar otras cosas.
En 2024, la Oficina de Resolución de Anomalías en Todos los Dominios (AARO) del Pentágono publicó un informe histórico que desarticula décadas de especulación ufológica.
El documento, de 63 páginas, concluye la inexistencia de pruebas sobre tecnología extraterrestre y revela una realidad más mundana pero fascinante: el fenómeno OVNI ha funcionado, en gran medida, como un efecto secundario de programas clasificados y dinámicas internas de desinformación.
Un hallazgo clave fue la desclasificación de la propuesta KONA BLUE, un proyecto que intentó institucionalizar la investigación de supuesta tecnología alienígena y que fue cancelado por falta de méritos.
El informe detalla cómo rumores internos, malentendidos y bromas de personal, algunas convertidas en leyendas sobre “almacenes de tecnología recuperada”, crearon una cámara de eco dentro de la propia inteligencia estadounidense.
Lo relevante no es solo la ausencia de alienígenas, sino el uso instrumental del mito. Durante la Guerra Fría, permitir que el público (y a veces el propio personal militar sin el nivel de acceso adecuado) confundiera aviones espía como el U-2 o el SR-71 con naves de otro mundo sirvió como un camuflaje perfecto.
La lección es un estudio de psicología social aplicada: el secreto más efectivo no es el que se oculta en la oscuridad, sino el que se esconde a plena vista disfrazado de fantasía popular.
El mito no protege a los alienígenas; protege los secretos de Estado.
Sin embargo, en ocasiones la manipulación no pretende ocultar una acción, sino preparar el terreno para una guerra económica total.
Desde mi punto de vista es el claro ejemplo de la narrativa que Donald Trump ha impulsado desde el inicio: la idea de que “el mundo se aprovecha de Estados Unidos”.
Esta afirmación no es una mera queja; es un mecanismo de preparación psicológica y política.
La imposición de aranceles agresivos, bajo esta premisa, tiene como objetivo real acelerar forzosamente una autosuficiencia industrial, trasladando a territorio nacional la producción de lo que antes se importaba.
Si a esto se suma el control fáctico del petróleo venezolano, justificado con la narrativa de la “libertad del pueblo” y la lucha contra el narcotráfico, pero que en el fondo busca garantizar la suficiencia energética, el panorama se revela inquietante … algo se está cociendo.
Y es que todo indica que se está blindando la economía nacional para un escenario futuro en el que Washington podría ejecutar maniobras de alto impacto —como una hipotética anexión de Groenlandia o la ocupación total de recursos estratégicos de Venezuela— que serían rechazadas de pleno por la comunidad internacional.
La meta última sería lograr inmunidad frente a las sanciones globales inevitables, que ya habrían quedado protegidas con autosuficiencia económica (gracias a los aranceles) y energética (gracias al secuestro del petroleo venezolano).
En resumen, la narrativa pública vende proteccionismo; la realidad estratégica prepara una economía resiliente e inmune al castigo externo, fortaleciendo dos pilares: el industrial y el energético, claves para prevalecer en un conflicto de grandes proporciones.
Pero esto va más allá de la retórica. Existen estrategias políticas estructuradas cuyo objetivo es desarticular la infraestructura institucional diseñada para combatir la desinformación.
El ejemplo más prominente es el ‘Proyecto 2025’, una hoja de ruta política desarrollada por la Fundación Heritage para una eventual administración conservadora en EE. UU.
Bajo el argumento de proteger la libertad de expresión, este documento propone cambios sistémicos profundos:
- Desmantelamiento regulatorio: Reducir drásticamente la capacidad de agencias federales (como CISA) que tienen como tarea monitorear y alertar sobre desinformación electoral extranjera y doméstica.
- Presión sobre las plataformas: Reformar el marco legal para desincentivar la moderación de contenidos en redes sociales, penalizando a las empresas que filtren información bajo criterios que el proyecto considera sesgo político.
- Asfixia a la investigación: Cortar la financiación y colaboración gubernamental con instituciones académicas y ONGs que estudian la propagación de noticias falsas.
En la práctica, estas medidas no buscan simplemente un debate más abierto, sino neutralizar los mecanismos de verificación.
La premisa subyacente sugiere un cambio de táctica: para que una narrativa alternativa prevalezca, es más eficiente inhabilitar al árbitro de la realidad que ganar el debate con evidencias.
Enrique Dans lo explica a su manera al hablar del caso: si Elon Musk reconoce que los enlaces externos se penalizan (“deprioritized”), entonces el algoritmo está tomando decisiones editoriales, no neutrales. Y si además una plataforma se convierte en “megáfono personal”, el riesgo de sesgo deja de ser teórico.
En la Unión Europea, esto conecta con el *Digital Services Act *(DSA): la norma obliga a las grandes plataformas a identificar, analizar y mitigar riesgos sistémicos, incluyendo la amplificación de desinformación y el impacto en procesos electorales.
Y en el escenario global, Rusia no se queda atrás, ha escrito el libro de texto. Su concepto va más allá de la propaganda abierta (como la de sus medios RT y Sputnik) y se centra en la desinformación: información intencionadamente manipulada para crear confusión y desestabilizar.
Su doctrina, asociada al general Gerasimov, considera el espacio informativo un campo de batalla donde “los medios no militares” pueden ser más efectivos que las armas.
Su operación más inteligente en África, documentada como “Portal Kombat”, no busca solo engañar a personas. Consiste en crear una red de cientos de sitios web que replican automáticamente contenido pro-Kremlin, optimizados para ser indexados por los rastreadores de los motores de búsqueda y, principalmente, por los sistemas que alimentan el aprendizaje de la Inteligencia Artificial Generativa.
¿El objetivo? Contaminar los conjuntos de datos con los que se entrenan modelos como ChatGPT o Gemini, para que cuando tú preguntes por la guerra en Ucrania, la IA te dé una respuesta que, sutilmente, incorpore la narrativa rusa esparcida por miles de páginas webs manipuladas.
Por otro lado tenemos como* The Intercept* publicó una noticia que comentaba como el U.S. Special Operations Command (SOCOM) buscaba un sistema de propaganda con IA para operaciones de influencia (MISO, Military Information Support Operations, operaciones de apoyo informativo militar), con capacidades descritas como suprimir argumentos disidentes.
También Meta publicó detalles sobre operaciones de influencia desmanteladas que apuntaban a países como Rumanía, Azerbaiyán y Taiwán. En un caso, se mencionan cifras concretas: 658 cuentas de Facebook, 124 páginas, 61 grupos y 29 eventos eliminados como parte de la acción contra una operación coordinada.
Lo relevante no es el número, sino el modelo: identidades falsas, coordinación, plataformas múltiples, y una maquinaria que intenta parecer “gente normal”.
Con la aparición de la IA, aparece otra variante: los* AI swarms* (enjambres de IA) que plantean un escenario inquietante: grupos de bots coordinados, impulsados por modelos de lenguaje (LLM, large language models, modelos capaces de generar texto como si fueran humanos) que pueden manipular debates democráticos con interacción sintética: likes, respuestas, discusiones falsas, cuentas que se validan entre sí.
Ya no manipulan solo tu periódico; están manipulando la base de conocimiento de las máquinas en las que confiamos.
Este último punto merece su propio capítulo, porque es la frontera más alarmante. El “LLM grooming” (o “acicalamiento” de modelos de lenguaje) es la práctica de inundar la web con contenido sesgado para que los modelos de IA lo absorban como si fuera verdad factual.
Piensa en ello como envenenar un pozo del que beben todos.
La gravedad es doble. Primero, la escala: los modelos de IA necesitan cantidades ingentes de datos, y una campaña coordinada puede sesgar su base de conocimiento.
Segundo, la autoridad percibida: tendemos a creer que una respuesta de una IA es “neutral” y “objetiva”, fruto de procesar millones de datos. Si esos datos están contaminados**, la IA se convierte en un vector de propaganda de alta eficacia y credibilidad**.
Peor aún, como explicamos en el artículo de deepfakes, éstos permiten crear “evidencia” falsa de problemas públicos, distorsionando la agenda política y llevando a los gobiernos a tomar decisiones basadas en mentiras.
Y aquí surge un efecto secundario perverso conocido como el “Dividendo del Mentiroso”: como todos sabemos que la manipulación existe, los actores corruptos ahora usan esa desconfianza como una “tarjeta de salida gratuita” para negar pruebas reales y verídicas, alegando simplemente que son falsas o generadas por IA.
¿En quién confiamos para saber qué es verdad? ¿En el periodista que verifica, en el influencer que “dice las cosas claras”, o en el chatbot que resume la información?
La batalla ya no es solo por contarnos una historia, sino por controlar la misma infraestructura que define nuestra realidad compartida.
Ante este panorama, es tentador culpar a “los otros”, a los “manipulados”. Pero los datos nos muestran un espejo incómodo. El Digital News Report de 2025 revela que a nivel global, más de la mitad de las personas (58%) está preocupada por su capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso en línea.
Sin embargo, al mismo tiempo, nuestras fuentes de información han cambiado radicalmente: decrece el uso de medios tradicionales y crece la dependencia de redes sociales, plataformas de video e influencers.
Y aquí está la paradoja: a nivel global, las dos fuentes señaladas como principales responsables de la información falsa o engañosa son, precisamente, los políticos nacionales y los influencers o personalidades (ambos con un 47%).
Es decir, desconfiamos de las fuentes que más consumimos.
En España, sin necesidad de hacer una encuesta, ya os digo yo que sin lugar a dudas podríamos señalar a los políticos nacionales como una fuente clave de desinformación. Consumimos activamente un contenido del que, a la vez, desconfiamos. Es un círculo vicioso casi masoquista.
La sociedad, efectivamente, puede ser vulnerable. Por desgracia, la base de la manipulación política es una ciudadanía desinformada, indiferente y dócil.
Los actores aprovechan el cansancio, el miedo y los agravios históricos (reales o percibidos) para presentarse como la única solución, victimizarse y señalar a un enemigo común. Es un guion que se repite en cada esquina del planeta.
Entonces, ¿estamos condenados a ser una manada de borregos digitales?
No, pero salir del redil requiere un esfuerzo consciente y diario. La verificación es el primer paso, pero el más profundo es cultivar un escepticismo saludable.
No se trata de desconfiar de todo, sino de hacerte estas preguntas siempre, especialmente cuando la información resuena mucho contigo:
¿Quién se beneficia de que yo crea esto?
¿Qué emoción intenta provocar en mí (indignación, miedo, orgullo)?
¿Estoy viendo esto porque confirma lo que ya pensaba?
¿He buscado activamente una fuente que ofrezca un ángulo distinto, aunque me resulte incómoda?
Llegados a este punto de reflexión, conviene hacer una pausa y desmontar tres ideas que nos dejan vendidos:
- Primera: “Si es de mi lado, es verdad”. Error. Tu bando también juega. Tu medio favorito también encuadra. Y tú también tienes puntos ciegos.
- Segunda: “Si es un deepfake, lo notaré”. A veces el engaño no está en la cara ni en la voz. Está en el contexto, en el montaje, en el decorado 3D “profesional”, en el titular que omite lo esencial, en el algoritmo que te sirve siempre la misma cantinela.
- Tercera: “La manipulación siempre es mentira”. Mucho más peligroso: la manipulación puede ser verdad seleccionada.
Mi consejo es que rompas tu propia burbuja. Si tu dieta informativa es solo de un lado del espectro, sigue deliberadamente a un medio o analista serio del otro lado. No para que te convenza, sino para que entiendas sus argumentos y desafíes los tuyos.
Como recomienda el Parlamento Europeo, busca el diálogo y el entendimiento con mente abierta, cuestionando los debates donde solo hay gritos.
Ante una imagen potente (como la del soldado o la leona), pregúntate por el contexto original.
Ante un dato impactante, busca la fuente primaria. Y ante una IA, recuerda: no es un oráculo, es un modelo de IA entrenado, principalmente, con datos de internet, con todos los sesgos y contaminación que eso conlleva.
La manipulación mediática no es un fallo del sistema; es una característica explotada por quienes tienen el poder, los recursos o la mala fe para hacerlo.
Han pasado de mentirnos en la portada del periódico a envenenar los mismísimos pozos de datos de los que bebe la inteligencia artificial.
La única vacuna efectiva, ahora y siempre, es un lector incómodo, preguntón y dispuesto a cuestionar hasta lo que más le gusta escuchar.
Si te suena conspiranoico, perfecto. Esa es la reacción saludable. Pero quédate con una idea incómoda: la versión más peligrosa de la propaganda no es la que viene del bando contrario, sino la que te llega desde el bando que te cae bien. Porque ahí bajas la guardia.
La verdad ya no nos viene dada; es una búsqueda incómoda y activa que debemos emprender cada día. Tu atención es el botín; no la regales a la primera historia que te haga sentir bien.
Para terminar, aquí tienes un “kit” sencillo para consumir actualidad sin que te lleven como a un carrito del súper:
- Regla de los dos carriles: si algo confirma tu visión del mundo, léelo dos veces. Si algo la contradice, léelo una vez más (tres) y busca qué parte sí podría ser cierta.
- Pregunta “qué falta”: ¿hay contexto omitido? ¿hay datos que no aparecen? ¿hay un “por qué” que nadie menciona? Ahí es donde suele vivir la manipulación.
- Distingue prueba de presentación: un gráfico, un 3D o un hilo viral son formatos. Pregunta siempre por el origen de la información.
- Recuerda que el algoritmo no es tu amigo: está optimizado para captar obsesivamente tu atención, aunque sea no proporcionándote la verdad. Piensa en el algoritmo de TikTok o Reels como si se tratara de un editor jefe invisible que decide qué recortes de la realidad ves hoy, priorizando siempre lo que te mantiene pegado a la pantalla por encima de lo que es cierto. Y si además puede sesgar enlaces o amplificar contenidos, se comporta como editor.
- Acepta que nadie es inmune: ni tú, ni yo, ni “los listos”. La inmunidad es el primer síntoma de infección.
La democracia no se rompe solo por censura. Se rompe por saturación. Por tanto ruido, tanta emoción y tanta micromanipulación que acabas eligiendo bando sin ton ni son… y desconectas la parte del cerebro que hace preguntas
¿Y tú? ¿Recuerdas la última vez que una noticia te indignó tanto que la compartiste sin pensarlo? ¿Has intentado alguna vez romper tu burbuja informativa de forma consciente e incluso cuestionar a tu partido político cada vez que abre la boca?
Cuéntame tu experiencia en los comentarios. Este debate no es solo académico; es la defensa personal de nuestra capacidad para pensar.